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  • Gabriel Agosin

AUTÉNTICO MARKETING


Una confesión: si bien nos dedicamos al marketing, solemos ver nuestra práctica profesional con cierto recelo. Y es que cada vez más proliferan gurúes que se muestran en redes sociales como expertos poseedores de una verdad develada y que vienen a iluminarnos con su sabiduría. Valga aclarar que no nos consideramos mejores que esos magos, sino que solo tomamos distancia de esa forma de abordar el marketing. Es por eso que este espacio lo usaremos para compartir cómo entendemos el marketing y demostrarles que que está mucho más presente en nuestra vida cotidiana de lo que creemos. Nuestra pretensión es muy sencilla: más que dar recetas o revelar misterios, compartiremos nuestra mirada no para demostrar algo que no pretendemos ser, sino, por el contrario, nuestra particular mirada sobre las cosas y cómo eso nos hace diferentes. Que serlo sea un atributo o un defecto, eso ya es otra historia. Y a propósito de historia, quiero partir por algo que me pasó esta semana y que grafica muy bien cómo todos podemos ser el mejor marketero del mundo sin saberlo. Voy. He visto Las 7 edades del rock 4 veces. Los 7 capítulos. Leo sobre música, admiro a los músicos. Veo todos los programas o documentales de música posibles. Me gusta la música, CLARAMENTE. Led Zepellin, Pink Floyd, Rolling Stones. Bruce Springsteen y David Bowie. Clásico, nada muy cool ni innovador, pero de que me gusta EN SERIO la música, ya está claro.


Pero mis hijos no pescan.


Nos les interesa la música.


No tienen grupos favoritos. Los invito a poner lo que quieran. Sin prejuicio. Les he dicho que hasta tolero un regueeton si es necesario (el amor de padre todo lo puedo). Si es elegido por ellos, hasta con gusto. Pero ni eso. La cosa es que estaba en la casa de un amigo y mi hijo mayor de 11 años (ya les quedó claro que musical NO es) tomó la batería que estaba en el living de la casa de mi amigo y no paró. No paró más. 30 minutos. 1 hora. 1 hora. Mi hijo suele ser hiperkinético (como todo niño) y no se paró. 1 hora 30. Y no solo eso: sentado bien, con la espalda firme y las manos sueltas. Algo hay acá. Algo hay acá. Nunca lo había visto así. 1 hora 45. 2 horas. Llamemos al Feña. Es músico y sabe.


Mandémosle un mensaje al Feña. Mejor.


Un video.


... y viendo el video, sí, hay algo. No es común su pose para alguien que por primera vez toma una batería. Así partió. Se extendió explicando y fundamentando lo que él veía. Algo hay acá, dijo también. 2 horas 15. Lo explica bien. Tiene sentido, es profundo y se nota lo que sabe. Le creo. Y le creo más cuando me dice que tiene 4 clases grabadas de introducción e historia de la batería. No puede ser. Es una noche perfecta. Mi hijo tiene algo, Feña no solo lo ve, sino que lo explica de una forma que bueno, es una cosa en sí misma. Y además hace clases. Y si quieres que le dé clases a tu hijo, bueno, feliz.


Eso es saber vender. Y se lo dije. Eso es el marketing. Así debería ser. Algo de verdad. Podría haber partido diciendo que hacía clases, pero primero se preocupó de poner atención a lo que su potencial cliente le preocupaba. Conectó con él. Conectó conmigo. Me demostró que sabe, pero me demostró también que es un gran profesor. Didáctico. Clarito. Honesto. Es consistente. Hay una base. Es seductor. Y cuando te ofrece el producto, a esa altura la conversión ya está hecha. Estuvo vendiendo desde el principio, pero la gracia es que lo hacía poniendo en el centro al cliente. Y ahora, si llego a pensar en clases de batería para mi hijo, hay alguna posibilidad de que NO piense en el Feña? El ya se involucró compartiendo lo que sabe. FUNDAMENTANDO lo que sabe. Y esa debiese ser la esencia del marketing: ser auténtico, ser claros, comunicar desde lo que se es, conectarse emocionalmente con los clientes y dejar que la venta, la conversión, sea una consecuencia, no un fin.


No sé si mi hijo es o va a ser un gran baterista. Eso no importa en realidad. Quiero que lo pase bien. Eso es todo. Tampoco sé si el Feña es el mejor profesor del mundo. Con certeza hay alguno que sabe más que él. Es obvio. Pero no hay ningún otro Feña. Es el único Feña. Tiene una forma de ver y explicar las cosas. Una forma que lo hace especial. Se esfuerza por ser claro, por darse a entender. Es alguien extraordinario, como lo podemos ser todos nosotros. El Feña se esfuerza (esfuerzo que no se nota) por ser agradable, por explicarlo con claridad. Y lo que está aún más claro que eso, es que el Feña, quizás sin saberlo, es un gran marketero. Tal vez mi hijo tenga capacidades especiales para la batería, pero tampoco es que se trate de la reencarnación de John Bonham. Pero la forma en que el Feña empaquetó la historia, hicieron de ese intercambio de Whatsapp una excelente lección de marketing. Yo aprendí mucho de él. Y eso es marketing. O lo que debiese ser.



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